La pobreza energética de verano ya no es una cuestión marginal. En toda Europa, unas olas de calor cada vez más largas e intensas están poniendo de manifiesto una carencia en la forma en que tradicionalmente se ha entendido y abordado la pobreza energética.
Durante años, la mayoría de las políticas y proyectos se han centrado principalmente en el invierno: en si los hogares pueden permitirse una calefacción adecuada y mantener una temperatura interior mínima. Esto sigue siendo esencial, pero ya no es suficiente.
La experiencia de proyectos en los que ha participado Ecoserveis, como CoolToRise, demuestra que la pobreza energética de verano no puede entenderse únicamente a partir de los ingresos, las facturas energéticas o los datos meteorológicos. Surge de la interacción entre la exposición al calor, la calidad de la vivienda, las condiciones del barrio, la salud, las circunstancias sociales y la capacidad real de las personas para adaptarse.
El reto consiste ahora en pasar de un enfoque limitado a la asequibilidad de la calefacción a una comprensión más amplia de la vulnerabilidad térmica a lo largo de todo el año.
¿Quiénes son, en la práctica, las personas más vulnerables?
La pobreza energética todavía se evalúa a menudo mediante los ingresos como indicador principal de vulnerabilidad. Los ingresos son importantes, pero el riesgo durante el verano está mucho más condicionado por factores espaciales y físicos y se resume en cuatro factores: exposición al calor, vivienda inadecuada, estado de salud y capacidad de adaptación.
En la práctica, algunos de los grupos de mayor riesgo son las personas mayores que viven solas, especialmente quienes residen en viviendas mal ventiladas o en barrios urbanos densamente poblados.
Las personas con enfermedades crónicas o discapacidades también pueden estar expuestas a un mayor riesgo, especialmente cuando el calor afecta la movilidad, la medicación, el descanso o la capacidad para realizar actividades básicas de la vida cotidiana.
Los hogares con bajos ingresos que viven de alquiler constituyen otro grupo especialmente vulnerable. A menudo no pueden rehabilitar la vivienda, instalar protecciones solares exteriores, mejorar los sistemas de ventilación o sustituir electrodomésticos ineficientes. Incluso cuando disponen de aire acondicionado, el temor a facturas eléctricas elevadas puede impedirles utilizarlo.
El código postal también puede ser un indicador de la pobreza energética en verano. Los barrios presentan diferencias significativas en soluciones basadas en la naturaleza, densidad edificatoria, acceso a equipamientos públicos, temperaturas nocturnas y concentración de población vulnerable.
Mirar más allá de la dimensión del hogar
Proyectos como CoolToRise también demostraron que la pobreza energética de verano no puede resolverse únicamente mediante recomendaciones dirigidas a los hogares o cambios individuales de comportamiento.
Las personas pueden bajar las persianas, ventilar por la noche o beber agua. Sin embargo, estas estrategias tienen un impacto limitado cuando la vivienda se sobrecalienta por sus propias características constructivas, la calle permanece caliente durante toda la noche o no es posible abrir las ventanas debido al ruido, a la contaminación o a problemas de seguridad.
El edificio y el barrio son, por tanto, unidades centrales de análisis.
Una vivienda situada en la última planta, mal aislada y ubicada en una zona urbana densa con poca vegetación, puede mantener temperaturas altas mucho después de que la temperatura exterior descienda. Por el contrario, un hogar con un nivel de ingresos similar, pero situado en un edificio sombreado y bien ventilado, puede afrontar una exposición mucho menor.
La pobreza energética de verano no es únicamente un problema de consumo individual, sino también de vivienda, diseño urbano, espacio público y capacidad institucional.
Política pública en pobreza energética de verano
Desde que CoolToRise se desarrolló, entre septiembre de 2021 y agosto de 2024, la pobreza energética de verano ha ganado reconocimiento en el ámbito de la política pública. Nuevas investigaciones, debates e iniciativas reconocen cada vez más que el acceso a una refrigeración adecuada se está convirtiendo en una cuestión social y de salud pública.
Sin embargo, gran parte de la evidencia disponible sigue basándose principalmente en datos de temperatura exterior, indicadores de renta y encuestas a hogares. Estos datos son útiles, pero no explican por completo qué ocurre en las viviendas ni cómo las personas experimentan el calor.
Dos hogares con los mismos ingresos y situados en la misma ciudad pueden afrontar niveles de riesgo radicalmente distintos. La exposición puede variar en función de si la vivienda está en la planta baja o en la última planta, de su orientación y exposición solar, de la calidad del aislamiento y de las protecciones solares exteriores, de la posibilidad de ventilar de forma segura durante la noche, de la densidad y morfología del entorno urbano, de la presencia de árboles, zonas verdes y espacios públicos sombreados, o de la eficiencia y asequibilidad de los sistemas de refrigeración.
La evidencia actual también tiende a subestimar lo que podría denominarse la “cultura del calor”: los hábitos, expectativas, conocimientos y normas sociales que influyen en la forma en que las personas responden a temperaturas interiores elevadas.
El confort térmico no se percibe de la misma manera en invierno y en verano. Las personas suelen mostrar una mayor capacidad de adaptación fisiológica y conductual a las temperaturas cálidas que a las de frío. Esto significa que un único umbral fijo de temperatura interior no puede describir plenamente ni el confort ni el riesgo durante el verano.
La gobernanza es tan importante como las infraestructuras
La pobreza energética de verano afecta transversalmente a los ámbitos de la energía, la vivienda, la salud, los servicios sociales, la adaptación climática y la planificación urbana. Sin embargo, estas áreas suelen gestionarse por separado.
Los refugios climáticos y las medidas de refrigeración a escala de barrio funcionan mejor cuando las responsabilidades están claramente distribuidas y los actores locales comparten información.
Los municipios pueden identificar los barrios más vulnerables; los servicios sanitarios, a las personas con mayor riesgo; las organizaciones sociales, mantener relaciones de confianza con la población; y los departamentos de vivienda, conocer el estado del parque residencial. Sin coordinación, todas estas piezas permanecen desconectadas.
La gobernanza no debe considerarse un aspecto secundario de la intervención técnica. A menudo es el factor que determina si las medidas llegan realmente a las personas que las necesitan.
De las respuestas estacionales a la protección durante todo el año
Abordar la pobreza energética de verano requiere algo más que añadir medidas de refrigeración a políticas concebidas originalmente para el invierno. Exige cambiar la forma en que se entiende, se mide y se afronta la vulnerabilidad energética.
Los proyectos y las administraciones públicas deberían evaluar si las viviendas siguen siendo seguras y habitables durante todo el año, teniendo en cuenta no solo los ingresos del hogar y los costes energéticos, sino también las temperaturas interiores, el comportamiento térmico del edificio, las condiciones de salud, el régimen de tenencia, las características del barrio y el acceso a infraestructuras públicas de refrigeración.
Esto también implica garantizar que las medidas destinadas a reducir la pobreza energética de invierno no incrementen involuntariamente el sobrecalentamiento durante el verano. Las estrategias de rehabilitación deben combinar el aislamiento con protecciones solares exteriores, ventilación, refrigeración pasiva y medidas de protección frente a ganancias solares excesivas.
La recomendación central es, por tanto, clara: el abordaje debe pasar de un enfoque limitado a la asequibilidad de la calefacción a un marco de vulnerabilidad térmica durante todo el año.
La pobreza energética de verano no es simplemente la pobreza energética de invierno en condiciones más cálidas. Tiene sus propios factores determinantes, patrones espaciales y desigualdades. Las respuestas eficaces deben partir de la experiencia vivida de las personas y actuar simultáneamente en los niveles del hogar, del edificio, del barrio y de las instituciones.
Solo conectando estas dimensiones, se podrá garantizar que la transición hacia viviendas más eficientes y resilientes frente al cambio climático también proteja a las personas más expuestas al calor.